Mitología de Aldor

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Los dioses son seres inmortales y eternos que participan de la esencia de Marish. Su poder es extremo, y no pueden ser destruidos en Mundo, salvo quizás por la voluntad del Gran Padre que les dio nombre. Aunque pueden materializarse en Mundo tomando variadas formas sus espíritus no están sometidos al espacio ni al tiempo. Existen doce dioses separados entre los grandes dioses, o dioses mayores, o los dioses menores que se distinguen entre los que fueron creados directamente por Marish, y nacieron antes de la creación de Mundo, y los que posteriormente fueron creados por estos grandes dioses.

Dioses mayores

Los cuatro dioses mayores nacieron de la voluntad de Marish que pronunció sus Nombres en la formación del cosmos. Cada dios está asociado a uno de los cuatro elementos principales de la creación, aunque posteriormente fueron adquiriendo nuevos dominios e influencias a medida que Mundo era creado. Estos dioses son Eldor como dios del aire, Sarra como diosa de la tierra, Leit como dios del agua y Trako como dios del fuego.

Dioses menores

Después de la creación de Mundo, los grandes dioses alumbraron una nueva generación de dioses con los que dieron forma al mundo y contexto a la realidad. Aunque en la mayoría de las escrituras y textos sagrados mencionan a estos dioses menores como hijos de los dioses mayores, no se les puede considerar hijos en el sentido mortal de la palabra. Los dioses son fuerzas primigenias del cosmos, espíritus eternos que no están sujetos a las leyes mortales, pero para una mejor comprensión de los términos se usa el término hijo para una mejor comprensión para los no iniciados.

Entre los dioses menores hay un caso excepcional, Sirgga, de quien se dice que nació de Sarra, pero también se le relaciona con Eldor por su control del rayo. Quizá este dios surgiera de la unión de ambas deidades, puesto que Sirgga es el único dios menor que ha sido capaz de crear otros dos dioses: Dloose y Pamis.

Poderes de los dioses

Comprender el poder de los dioses es comprender su naturaleza. Mientras los mitos reflejan sus relaciones, sus ambiciones y sus miedos, los dioses son entidades que encarnan conceptos, materiales e inmateriales, de la propia realidad. Los dioses no son parte de la realidad, son la realidad misma. Eso hace que sus poderes sean, virtualmente, absolutos.

Por ejemplo, cuando en los mitos cuentan que Vryllia creó a los animales y a las plantas no es tanto así como que Vryllia encarna a los animales y a las plantas. Si en algún momento el último de los seres vivos desapareciera, Vryllia también dejaría de hacerlo, porque su esencia misma representa a todos ellos. Esto mismo sucede con los demás dioses, todos forman parte consciente de la realidad.

Es por eso que el poder de los dioses no depende de sus adoradores. Las oraciones de los mortales no alimentan su poder divino, pero igual que ellos alaban a su creador Marish, consideran que los mortales deben alabar su creación. Obviamente, no todos los dioses actúan del mismo modo, pero incluso dioses tan alejados como Leit aceptan estas alabanzas como un hecho natural de las cosas.

Mitos y leyendas

Existen muchos mitos y leyendas sobre los dioses, contarlas todas es una tarea imposible ya que a lo largo de los milenios infinidad de culturas, reinos, imperios y pueblos han querido contar su propia visión de acontecimientos míticos. A pesar de ello, hay algunos mitos que persisten en el imaginario colectivo de los mortales y se repiten innumerables veces aunque contados con otras palabras.

Mito de la Creación

Antes de Mundo no había nombres.

Fue entonces cuando el Gran Padre decidió otorgar su primer Nombre, y lo nombró la Nada. Y para festejar este momento otorgó otro Nombre, y lo llamó Tiempo. Y no quiso que la Nada estuviera sola, pues el Gran Padre comprendió en ese momento que albergaba muchos nombres, y con cada nombre que otorgaba otros nuevos surgían en su cabeza. Así nombró la Luz, y donde la Nada abrazó la Luz lo llamó Espacio.

Y esos fueron los cuatro primeros Nombres que el Gran Padre otorgó.

Pronto el Gran Padre observó que la Luz, bajo el abrazo de la Nada, condensaba el Espacio aquí y allá, con remolinos y vértices, y quiso otorgar Nombres Verdaderos. Así donde la luz era tenue y vaporosa dio nombre al aire, y lo llamó Eldor. Donde la luz era compacta y viva dio nombre a la tierra, y la llamó Sarra. Donde la luz era dulce y goteaba en prístinos rocíos dio nombre al agua, y lo llamó Leit. Donde la luz era fiera y ardía brillante dio nombre al fuego y lo llamó Trako.

Y esos fueron los cuatro Nombres Verdaderos que el Gran Padre otorgó.

Y al poseer Nombres Verdaderos, los cuatro elementos miraron al Gran Padre, y lo nombraron: Marish, Todos los Nombres. Y los cuatro dioses danzaron para el Padre, cada uno a su ritmo, dominando la Luz, el Espacio y el Tiempo. Ellos conocen esos tres Nombres, y todos los nombres que derivan de ellos. Los dioses también conocen el Nombre de la Nada, aunque la temen. Pero los dioses no conocen los otros nombres que Marish no les ha revelado.

Ahora bien, cuando los dioses terminaron de danzar, usaron sus Nombres Verdaderos, y comenzaron a otorgar nombres como Marish les había mostrado. Así Eldor y Trako crearon grandes corrientes de luz, y luces y fuegos que brillaron en el firmamento. Y cuanto más creaba uno más se afanaba el otro en igualarlo, de manera que pronto las corrientes de luz comenzaron a chocar e interferir entre ellas, y aunque las luces de Eldor resplandecían más brillantes en el cielo, Trako creó fuegos profundos para ocultarlas y entorpecerlas.

Finalmente, cansados los dos, se detuvieron y miraron a sus hermanos. Leit parecía no haber creado nada, y permanecía callado y absorto en sus pensamientos, pero Sarra había dado nombre a algo, algo que los otros tres dioses no habían visto nunca. Se acercaron a mirar, pues era algo muy pequeño, y pronto sus corazones se llenaron de deseo.

Sarra había dado nombre a Mundo, y aunque era pequeño, resultaba fascinante en su detalle de montañas, valles y profundos barrancos. Eldor y Trako se apresuraron hacia Sarra, deseosos de incorporarse a su creación. Eldor rodeó el mundo, y sopló nombres por sus valles, mientras que Trako llegó hasta el corazón del mundo, nombrando fuegos y volcanes, y expulsando grandes humos para confundir los nombres de Eldor. Pero Sarra, leyendo el corazón de Trako y viendo sus furiosas ansias de fuego y poder, lo rechazó, abrazando a Eldor. Y así se forjó el conflicto entre los dioses, que durará mientras dure el mundo, pues Trako odió las creaciones de Sarra, que no podía dominar, y odió al propio Eldor con ira y envidia.

Al cabo de un tiempo llegó Leit al mundo, pues siempre había sido más lento que sus hermanos. Y cuando llegó tenía ya muchos nombres en la cabeza. Y así nombró océanos, y mares y ríos, hielos y nubes, arroyos, nieve, lluvias y lagos, nieblas y vapores. Y todos se maravillaron.

Una vez los dioses hubieron entrado en Mundo, y los ríos de Leit y la lava de Trako corrían por su superficie, Sarra llamó a Eldor a su lado, y creó plantas y animales, y así dió nombre a Vryllia, el primer dios nacido en el mundo. Y las plantas poblaron la tierra, y los animales llenaron los bosques y los campos. Y Vryllia corría con las bestias, cogiendo frutos y cazando, y los dioses se maravillaron, pues nunca habían visto a un dios menor.

Y Sarra creó árboles y aves en honor de Eldor, para que moraran en el aire, y algas y peces en honor de Leit, para que hicieran su hogar en el agua. Al ver que ningún animal ni planta viviría en el fuego, Trako se encolerizó, y odió aún más las creaciones de Sarra. Así que reunió todo su poder y pronunció un Nombre: Ruballa. Y todos los dioses se lamentaron, pues los seres de Mundo morían, y no eran más que visiones fugaces en los remolinos del espacio y del tiempo.

Leit también pronunció un Nombre, y éste fue Jaqoh, señora de los vientos, que corre por el mundo trayendo noticias a su padre.

El Gran Padre vió el mundo que sus hijos habían creado, con aves y bestias que habitaban los montes y las llanuras, y acercándose a sus hijos pronunció un nuevo Nombre, Svrashaa, el padre de los dragones. Y Svrashaa habitó en el mundo de los dioses, y domina tanto el aire como el agua, la tierra y el fuego, pues su nombre procede directamente de Marish.

Al cabo de mucho tiempo, Sarra llamó de nuevo a Eldor a su lado, y pronunciando un Nombre, creó seres que habitarían el mundo y adorarían a los dioses. El nombre que pronunció fue Sirgga.

Y esos seres fueron los elfos, y los hombres, y los enanos. Y muchos otros seres nacieron de Sirgga, razas grandes y pequeñas.

Y aunque algunas de estas razas llegarían a adorar el fuego, Trako no quedó apaciguado. Nuevamente juntó todo su poder y su ira y pronunció un nuevo Nombre: Amal. Y los dioses se lamentaron de nuevo, pues los elfos y los hombres y todas las razas luchaban, y forjaban armas para matar a sus hermanos.

Eldor miró a elfos y hombres, que habitaban ahora el mundo, y los amó, aunque lamentó que estas razas mortales no pudieran crear nuevos nombres a su vez, pues no poseían Nombres Verdaderos como los dioses y los dioses menores. Apenado por esto, usó su poder para que los mortales pudieran usar la Luz, dentro de los confines del mundo, y así pronunció un nombre: Lebrak. Pero las razas mortales no eran hábiles en el uso de la Luz, y sólo algunos conocieron a Lebrak y estudiaron sus modos, que llamaron magia.

Aunque aquí termina el relato de la creación del mundo, Sirgga observó su creación, muy distinta de los animales que Vryllia perseguía, y pronunció dos nuevos Nombres: Dloose, para otorgarles sabiduría y memoria, y Pamis, para enseñarles la risa. Y así las razas mortales usaron el lenguaje, y la escritura, y aprendieron historias, y rieron.

Y así, aunque los elfos y los hombres siguieron usando el fuego, haciendo la guerra y muriendo, se alzaron sobre las bestias y crearon bellas obras y palabras. Y los dioses los amaron y los desearon, y enviaron palabras a algunos hombres, que fueron clérigos. Y reclamaron sus nombres cuando los hombres morían, de forma que no se perdieran en el olvido de Ruballa como las plantas y las bestias, salvo que un nombre no fuera reclamado por dios alguno.

Ver también

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